Hoy bien podría haber empezado el post parafraseando a Adela Úcar, Samanta Villar o Meritxell Martorell cuando dicen: “Cómo no es lo mismo contarlo que vivir lo, voy a pasar 21 días en…” mientras dan inicio a su programa de 21 días, pero esta vez he decidido hacerlo a mi manera, cómo diría el mítico Raphael.

Se me pone la piel de gallina cuando pienso que hace 3 semanas, 21 días, 504 horas que dejé mi casa. Más bien, unos cuantos días más, pero prefiero contar desde el momento que tuve que abrazar a mi hermana por última vez, antes de dejarla en la puerta del metro para coger la línea 9. Tuve que separarme del mayor de mis apoyos, mi alma gemela, una de las tres mujeres de mi vida, junto con mi madre y con mi abuela.

Mientras tu estas a 408 km de tu casa, en una ciudad nueva que a apenas conoces, eso que llamabas “hogar” empieza a ser distorsionado por una nueva concepción difícil de explicar a muchas personas, aunque estas se empeñen en creer que su mudanza a una ciudad que les separa 30 minutos largos de su casa es igual de chocante que el cambio que has empezado tu en tu vida. Si, cambian de ciudad, pero al fin y al cabo, ellos están en una ciudad que conocen con gente que conocen y los fines de semana vuelven a casa, vuelven a ponerse el día, a andar por unas calles en las que han crecido, a saborear la cerveza de los sábados a las 8 de la tarde en el bar de la plaza, a dormir en su cama.

De igual modo, entiendes que el término “distancia”, como tal, es tan solo un concepto y que puede llegar a ser uno de los mayores regalos que te ha dado la vida.

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Llevo 21 días en Madrid y, si ahora mismo me tuviesen que decir que definiese mi experiencia hasta ahora con una sola palabra, diría “INCREÍBLE”. Mamá sabe ya que es mi adjetivo favorito desde que me quedé solo por estas calles.

La distancia deja de ser un término relacionado con los kilómetros que te separan de un sitio a otro. Ahora es una fusión entre ganas por disfrutar más cada momento, valorar los pequeños detalles y crecer como persona, sobretodo crecer.

Mi vida aquí es singular, única, especial, ajetreada, bulliciosa y melancólica. Creo que me he convertido en el mejor embajador de mi ciudad dentro de la capital española. Ahora veo que Gandia no estaba tan mal, que mi playa es mi playa y que, por mucho que me vaya lejos, siempre me consideraré gandiense, pese a sus más y sus menos.

En estos momentos, escribo el post encerrado en mi habitación después de haber llegado de la premiére de “Un monstruo viene a verme”, de J. Antonia Bayona en el Teatro Real. He decidido ponerme música melancólica y dejar caer alguna lagrimilla por mi cara mientras escribo. Creo que es bueno hacerlo de cuando en cuando y, además, llorar limpia los ojos.

En 3 días vuelvo a casa por tan solo 48 horas, y ¿te cuento una cosa? Muero porqué llegue el momento de subirme al tren en Atocha, por llegar a Gandia y encontrarme a mis padres y mi hermana en la estación con la mayor de las sonrisas, por abrazarlos y comérmelos a besos, por cenar los 4 juntos y hacer las sobremesas que más adoro en este mundo. Y, una vez echo todo esto, irme corriendo a abrazar a mi pequeño gran amor y disfrutar de una noche de fiesta de las nuestras que tanto echo de menos por estas tierras.

La distancia impone, asusta, entremece, pero es algo a lo que uno se tiene que acostumbrar si quiere luchar por lo que quiere. Tengo que empezar a concierciarme de que mi sitio no está en casa, está a muchos más kilómetros.

Feliz día

Vicent Bañuls

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