El primer día que llegas a una ciudad nueva es un poco caótico: nuevas calles, nueva gente, nuevos horarios, nuevo clima, ordena la habitación, organiza el grupo, etc, etc, etc. Pero hoy veníamos cargados de mucha energía y con unas ganas increíbles por descubrir los rincones de la ciudad.

El hotel lo elegimos en una zona bastante viva, es decir, con muchos bares, gente por la calle, ambiente en general. Además, estábamos al lado de la estación de King Cross St Pancrass, así que ir a cualquier punto de la ciudad era bastante fácil.

Después de desayunar, fuimos rápidamente a Hyde Park. Todos en nuestra vida hemos hablado alguna vez hablar de como es el clima en la capital del Reino Unido: mucha lluvia y sol de uvas a peras. Cogimos el metro, y nada más salir de la estación las primeras gotas de lluvia londinense empezaban a chocar con nuestros paraguas y demás inventos que habíamos traído para poder visitar la ciudad aunque cayese granizo.

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Llegamos sobre las 10 y teníamos que cruzar todo el parque para llegar a Buckingham porqué a las 11:30 habíamos quedado con Queen Elizabeth II. Conocía Londres, mejor dicho, tenía una idea ligera de como era la ciudad y como desenvolverme un poco por allí, pero obviamente una vez estabas por sus calles la cosa cambiaba un poco. Preguntamos a unas 15 personas sobre la dirección para llegar al palacio. Nadie, pero absolutamente nadie, sabía como llegar. Pero, señores, que les estoy preguntando por el Palacio de Buckingham, no por la dirección exacta de la casa de Elton John en Londres.

Y como siempre, las cosas pasan porqué tienen que pasar. Una escuadra de caballos de la guardia real estaban pasando por la calle que teníamos delante. ¡Palacio estaba cerca! Tan solo pude gritarle al grupo ¡Correr, que si no nos perdemos! Bolsas, mochilas, cámaras y un grupo de 12 personas corriendo hacia Buckingham ¿Bonita estampa, no?

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Nada más terminas de ver eso, pusimos rumbo a la Abadía de Westminster, el Big ben y la casa del Parlamento. Te voy a confesar una cosa: me llevé un chasco enorme con el Big ben y su tamaño.

Cuando decidimos viajar a Londres, todos dijimos que queríamos hacernos una foto si o si: el paso de cebra de Abbey Road, o más conocida como el paso de cebra de los Beatles. Cogimos el metro y nos plantamos todos los 12 en esa calle. Creo que fue uno de los momentos más graciosos del viaje. Lo normal es que pasen 4, 5 o, como mucho 6 personas, pero cuando pasamos los 12, la gente de la calle y los coches que se tuvieron que esperan nos miraban con una cara un poco extraña.

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Por la tarde, habíamos reservado entradas para ir al Madame Tussauds, así que cogimos, una vez más, el metro y comimos en un taberna de la zona.

Nunca había estado en un museo de cera. Me habían hablado bien y mal de éste, pero esto es como todo, para gustos los colores. Yo considero que es una actividad más que recomendable y, a parte de eso, súper divertida. gastamos sobre 3 horas por todas las salas que tiene el museo. Conocimos a muchísimas personas, desde Lady Di hasta el mismísimo Darwin, pasando por otras muchas más celebridades del mundo.

Después de esto, tocaba otro tópico, Harrods. Si o si teníamos que pasarnos por allí, ya no tan solo por las compras, sino por el increíble edificio que alberga estos grandes almacenes. Sinceramente es como un Corte Inglés pero un poco más pijo y con algunos espacios singulares, como un baño que está en el 4 piso bajo el nombre de baño de ricos. Tan solo decirte que te deban hasta colonia. Ahí lo dejo todo.

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Estábamos requetemuertos, pero solo íbamos a estar 4 días en la ciudad así que los teníamos que aprovechar al máximo. Seguimos por unas cuantas calles de Londres, pasamos por el SoHo y por Chinatown. Poco a poco nos íbamos acercando a la útlima zona que había programado visitar para ese día.

Piccadilly Circus nos esperaba con sus enormes neones y todo el barullo que esa plaza despierta, el punto más perfectamente comparable con Time Square de mi querida Nueva York. Foto por aquí, foto por allá, y nos pusimos a buscar un lugar para poder cenar.

Después de zamparnos unas pizzas enormes y hacer una sobremesa comentado como había ido el día, nos fuimos a la tienda de M&M’s porqué ya se sabe que después de cenar, algo dulce siempre va bien.

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Casi por los suelos, cogimos el último metro dirección a nuestro hotel. Nuestros pies ya no sabíamos si eran nuestro o alquilados.

Feliz día

Vicent Bañuls

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