Creo que hoy escribo mi post más difícil. Creo que difícil no es la palabra que buscaba, más bien estaría bien definirlo como el post más duro.

¿Has sentido alguna vez esa sensación de felicidad extrema cuando consigues un sueño pero tu corazón está dividido en dos y tienes una parte que tan solo puede dejar una lágrima caer por tu mejilla al ser consciente de todo lo que tienes que dejar atrás?

He pasado tantos momentos pensando en este día. Tantas tardes sentado en la playa hablando con amigos  y amigas de como sería mi vida en esa ciudad, como sería empezar de nuevo en un lugar que a penas conoces. Tanto tiempo, que se me hace un poco irreal ser consciente de que ahora mismo estoy ya en  Madrid para una larga temporada.

Sé que es un cambio que necesito, más bien lo necesita mi cuerpo y mi mente sobretodo. Madrid es una ciudad grande, con personas de todo el mundo y con caracteres de todo tipo. Una ciudad en la que todo el mundo tiene un hueco.

Pero te tengo que confesar una cosa. Justo el día siguiente de formalizar mi preinscripción en las universidades de Madrid, tuve una comida con unos amigos en una casita cerca de la playa. Copichuela por aquí, copichuela por allá, brindis por la nueva etapa que empezamos, risas, abrazos… Sonaba un poco a despedida. Y, como siempre, llegó el momento de las confesiones que siempre haces cuando llevas una copa de más.

Recuerdo que estábamos en un circulo al lado de una palmera, sentados en un trozo de muro que había. Hablando hablando, llegamos a mi mudanza a la capital. Y lo tuve que decir: me daba miedo que la vida en mi ciudad cambiara y que yo perdiese el hueco que me había hecho en estos 18 años. Lloramos a moco tendido mientras algunas de mis amigas intentaban calmar mi pena con declaraciones de amor que pensaba que nunca harían.

Me parece gracioso cuando la gente me dice: “Eres un valiente por irte a Madrid tu solo con tan solo 18 años”. No te voy a decir que no me considere valiente, porqué sinceramente pienso que lo soy y pienso que pocas personas serían capaz de hacerlo. Pero no es tan solo eso, es un 30% de valentía y un 70% de ganas.

Claro, Madrid es el centro de todo el meollo, y me mudo porqué me encantaría poder llegar a vivir de mi gran pasión: el periodismo. Pero no olvides que dejo una ciudad, dejo mi casa.

Dejar una casa significa olvidarte del beso de buenas noches de mamá y papá, de nuestras sobremesas después de comer y cenar, de nuestros momentos de risa que solo nosotros entendemos. Significa también separarte de tus amistades, de tus fieles bastones al caminar, de tus mayores confesoras de secretos. También quiere decir que me separo del amor de mi vida, la mujer que haría que me casase ahora mismo para que ella me llevase al altar, mi abuela.

Y es que ahora entiendo cuando Angie, de Más Edimburgo escribió sobre los acróbatas de la distancia y todo eso que conlleva tener a alguien fuera de casa.

Pero hoy he aprendido una cosa, llevo 1 semana planificando que meter en la maleta que dejar en mi casa, que comprarme allí, que cosas son innecesarias, etc. Y he entendido que cuando eres consciente de que toda tu vida cabe en una maleta, estás preparado para empezar una vida en cualquier parte del mundo.

Al mismo tiempo aprendes a disfrutar de las despedidas. Si, has leído bien, disfrutar de las despedidas he dicho. Aprendes a saborear cada momento en tu casa, en tu ciudad, con los tuyos, y ellos aprenden, que aunque sea dificil dejarte irte y subir al AVE o al bus, es lo mejor para ti.

Porqué se que empezar una vida fuera no es fácil. Nos quedan muchas lágrimas por derramar, muchas penas que consolar y muchos alegrías que celebrar. Ahora más que nunca, Lady Madrid, ¡aquí estoy!

Feliz día

Vicent Bañuls

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