Viajar, hace muchos años, se convirtió en la fuerza motriz de mi vida. En el pequeño empujón que me ayuda a levantarme todas y cada una de las mañanas de la vida que me ha tocado vivir.

Llevaba varios meses sin coger un avión, exactamente 10 meses desde el último vuelo a Toulouse el pasado enero de 2017. Sí, puede ser pienses “¡Qué poco!”, pero realmente para mi cuerpo era una cantidad exageradamente exagerada, algo a lo que no estaba acostumbrado.

Me gusta ver el ambiente de los aeropuertos: oír la última llamada para los pasajeros que se van a las Bahamas, las conversaciones sobre los planes de los viajes, los nervios antes del vuelo.

Día 1

Llegamos al aeropuerto de Madrid sobre las 20h. Era un viaje único, pero más único lo hacían las personas que me acompañaban.

Llevo mucho tiempo fuera de casa. Otra vez mucho vuelve a ser un término que puede llevar a la confusión varia y puede tener diferentes concepciones para ti o para mi. Pero para que te hagas una idea de que cantidad estoy hablando, te diré que llevo 3 meses sin brindar con los míos alrededor de una mesa, sin saborear la paella de un domingo, sin ponernos a soñar en las sobremesas más encantadoras que me toca vivir cuando estoy en mi casa planeando viajes a quién sabe donde.

El aeropuerto de Barajas era el escenario para abrazar a parte de las personas que me acompañarían en mi aventura, entre ellos, dos de los grandes pilares de mi vida.

Foto hecha, perfiles en las redes sociales actualizados. Solo quedaba disfrutar del vuelo.

Nos lo habían aconsejado: llegar a Marruecos de noche podía aterrorizarte, pero no fue para tanto.

A la llegada al Aeropuerto de Marrakech-Menara y tras pasar el control, sacamos a relucir nuestras técnicas de regateo aprendidas durante los últimos meses. Íbamos a contrarreloj. El control de aduanas a la salida del vuelo nos había llevado demasiado tiempo. Eran las 23:35 y la reserva del hotel para las dos siguientes noches se cancelaba a partir de las 00h.

Fue el primer momento en el que sentí cómo Marruecos me estaba dando la bienvenida. 5 personas, más su respectivo conductor estábamos sentados en un taxi de 5 personas rumbo al Hotel Aday, el que iba a ser nuestro hogar para las siguientes 48h.

Lo elegimos por su ubicación, a menos de 2 minutos andando de la plaza Yamaa El Fna, el punto neurálgico de la ciudad.

Marrakech estaba oscura, triste, dormida.

Mujeres con el rostro cubierto, basura en las calles, mendigos durmiendo a la intemperie. Había llegado el momento de cerrar los ojos y confiar en un nuevo mañana.

Día 2

Posiblemente, nada más despertar, nuestro cerebro habría pensado que en la ciudad habían estado durante toda la noche para crear la joya que en ese momento teníamos delante de nuestros ojos.

Como no, llevaba mi propia guía, así que la ruta estaba más que diseñada.

Desayunamos en la plaza por poco menos de 2 euros y, tras perdernos por las laberínticas calles de la ciudad, llegamos al punto de partida del free tour que había reservado junto a Viajes Marrakech.

Siempre he defendido esta filosofía para viajar. Me gusta su trato cercano, su magia, sus historias tan vivas. No suelen guiarse por impulsos. Me explicaré, no suelen ser empresas que cuenten con convenios con empresas locales con la finalidad de vender un producto o vender algo. Eso hace que sean un poco más libres y puedas recorrer la ciudad a tu aire.

Tenía una duración de 5h aproximadamente, así que empezamos de buena mañana (sobre las 9:30h) y recorrimos las partes más imprescindibles de Marrakech, pasamos por la mezquita de la Koutoubia, las tumbas Saadíes, el Palacio Bahía, el Mercadillo de la Kasbah, el Barrio Judío, el zoco de las Especias, la Universidad de Madraza de Ben Youssed e, incluso, nos adentramos en una farmacia típica para descubrir los beneficios del argán y muchos otros productos de este territorio.

Para facilitar el curso del tour, el guía, con quien debatimos sobre temas como la situación de la mujer, la figura del rey o las visión que se tiene acerca de las parejas homosexuales, recogió el dinero que necesitábamos al principio de la actividad para así evitar tener que hacer colas en todos los sitios a los que llegábamos. Obviamente, tenías libertad de entrar o no, pero si lo hacíamos con él, conseguíamos un ahorro sustancial del precio de las entradas. De hecho, nos costó un total de 40 dirhams, cuando de la otra manera nos hubiese costado 55 o 65 dirhams.

Marrakech, sin duda alguna, es una ciudad que te seduce por si sola. Te enamora con cada rincón, con cada escaparate repleto de especias. No hacía falta tener la mejor cámara para conseguir fotografías como estas.

Llego el momento de nuestra primera comida en la ciudad. Tocaba enfrentarse a las gastronomía marroquí.

Había leído varios comentarios sobre ella: que sí no era muy buena, que sí no sabían especial, que si no se qué, que si no se cuantos… La verdad es que, aunque no es un país con una gran variedad en cuanto a platos se refiere, todo aquello que cocinan es una pura delicia para el paladar.

Nos sentamos alrededor de las mesas de Chez Chegrouni, en la misma plaza de Yamaa El Fna, el cual según nos habían dicho tenía una de las mejores vistas de la ciudad. (Juzguen ustedes mismos, pero la última foto que ves arriba son las vistas con las que me comí mi primer tajín en Marrakech).

Si hay algo que me sorprendió de la ciudad era el trato de su gente. Más allá de que Marrakech es una ciudad 100% turística y todo gira por y para los turistas, cuando te sientas a hablar con la gente local e intentas abrir un poco las puertas de su corazón, la gente es cercana, tierna, bondadosa.

Sus bienvenidas siempre irán acompañadas por un té, de menta por supuesto, y algunas que otras pastas. Así que, antes de que se finalizase el free tour preguntamos acerca de un lugar típico para degustar las delicias más dulces de la ciudad.

Nuestro corazón empezaba a estar ya en manos de la gente de este país. Si la belleza nos había enamorado, su gente nos tenía completamente encandilados.

Esa tarde decidimos seguir el ritmo que nuestro cuerpo nos pidiese. Salimos de la medina de Marrakech y de su muralla. Más allá de estas, el caos sofocante, las motos por calles estrechas, bicicletas a toda velocidad, se habían transformado en gente civilizada y coches circulando con “cierta” precaución.

Esta ciudad era puro contraste por donde pasases. Ricos y pobres a un solo paso. Lugares impolutos con locales que parecían cuadras. Pero ahí esta su magia, ahí está la esencia de esta ciudad

Había sido un día duro. Los zapatos empezaban a pedir unos ciertos momentos de descanso, así que picoteamos algunas cosas por algún que otro bar cerca del hotel y empezamos una pequeña tertulia en nuestras habitaciones.

Estábamos felices, dichosos, emocionados. Al día siguiente poníamos rumbo al desierto para vivir la parte clave del viaje.

Feliz día

Vicent Bañuls

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