La aventura continuó, pero continuar esta vez significaba que cada vez más y más se iba acercando a su fin.

Día 6

La llegada el día de ayer a la ciudad fue un poco caótica. Nos habíamos despedido del grupo y tocaba empezar la última etapa del viaje en solitario. Llegamos a un hotel que había sido la causa de un arrebato de locura en el último momento.

De repente, en un momento, entre a Booking, cancelé la reserva que teníamos y reservé otro hotel porqué me transmitió muy buenas vibraciones y, además el precio era de infarto.

Nada más llegamos nos hicieron un pequeño tour por el riad y, mira si el cambio fue bueno, que cuando entramos a la habitación, teníamos la cama decorada con toallas en diferentes formas.

Estas fueron las vistas de las que pude disfrutar en los últimos dos desayunos que disfruté en Marrakech. Una vez más, esta ciudad, esta bendita ciudad, volvía a dejarme con la boca abierta.

Zumo de naranja natural, té marroquí, dulces típicos del país… Creo que el cambio de última hora, tal vez, sea uno de los cambios más acertados de mi vida.

Tras esto, llegó otro de los momentos más esperados: el hamman y spa tradicional. Elegimos uno que vimos en Civitatis y, aunque el resultado fue muy bueno, no llegó a cumplir mis expectativas. Pero claro, todo era mucho más lógica si veías el precio de los otros hamman en la ciudad.

Con el cuerpo relajado y la piel exfoliada, nos tomamos un reconfortante té que sería el impulso que necesitaríamos para acabar de ver los últimos rincones de la ciudad que nos quedaban.

Recuerdo mucho una clase de francés, hace unos cuantos años, cuando en un examen apareció una tal Yves Sant Laurent. Por aquel entonces debía tener la cabeza ocupada en otra cosa que no fuese en conocer un poco más de este genio. Desde entonces, empecé a leer su nombre por todos los sitios, paneles publicitarios, películas, etc.

Aprendí por aquel entonces que Marrakech era su lugar de inspiración y desde entonces quería pisar sus tierras para saber el porqué. No lo pude evitar y me perdí por el Jardín Majorelle. Tras esto, solo puede entender porqué Yves Sant Laurent se enamoró de esta maravillosa ciudad.

Tras esto, paramos a comer y lo acompañamos, como no, de una sobremesa a modo de análisis y repaso de todo lo que habíamos hecho en nuestro viaje.

Una vez terminado todo, deambulamos un poco por el extrarradio de Marrakech e intentamos conocer, un poco más, de lo que escondía esta ciudad cuando te alejabas de la medina.

El curioso ojo del turista occidental es aquel que se cuela en muchos rincones, intenta colar su objetivo por muchos agujeros y consigue fotografías mágicas.

Aunque creo que algún día inventaré el manual para no parecer turista en las ciudades, hay veces que se me escapan ciertas cosas que hacen que un cartel luminoso con flechas se aposente sobre mi cabeza y revele que soy turista.

Estoy acostumbrado a visitar ciudades, algunas turísticas, algunas menos turísticas, pero creo que nunca había pisado una ciudad que estuviese conformada tan turísticamemente como esta.

Del mundo marroquí ya se sabe que se basa en el arte de regateo, así que para conseguir nuestro regalo de turistas esta vez, teníamos que hacer alguna que otra peripecia.

Pese a ir en contra de los ideales del país y causar más de una trifulca con algunas personas de aquellas tierras, conseguí tatuarme, aunque solo fuese mi nombre, en el brazo.

La última velada se acercaba, las últimas delicias del país iban a pasar por nuestra boca. Tocaba apagar los móviles, disfrutar de la compañía y vivir los últimos momentos en la ciudad.

Día 7

Volví a deleitarme con las vistas y a sorprenderme como si no las hubiese visto el día de antes.

Era una mañana triste. Bueno, triste no, melancólica diría yo. Quería volver a Madrid, pero al mismo tiempo sentía que Marrakech se había apoderado de un pedazo de mi corazón del que difícilmente me podría desprender de él.

Busqué una serie de zocos que no quería dejar de visitar antes de irme y acabar de conocer esa parte de Marrakech que fascinaba a todas las personas que por allí pasaban.

Las maletas volvieron a ser una prolongación de nuestro cuerpo, los billetes nos acompañan a cada uno de nosotros. Había llegado el momento de volver a la vida real o a lo que alguno de ellos llaman “rutina”, algo que hace más de dos años que no conozco.

Sentí una sensación rara. Una mezcla entre felicidad y lástima, pero como siempre, me sentí el ser más afortunado del mundo por seguir permitiéndome pisar suelo mundano subido a mi par de zapatos.

¿Próxima parada? ¡Si tu supieses!

Feliz día

Vicent Bañuls

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