A nadie le amarga un dulce, y esta escapada por Barcelona estaba siendo uno bastante dulce.

Después de dar una vuelta por el mercado de la Boquería y haber puesto a nuestros sentidos al extremo ante tanto estímulo, volvimos a nuestras queridas ramblas y llegar así al Palau de la Generalitat y el Barrio Gótico. Si lo que había visto hasta ahora de la ciudad condal me había gustado, lo que me quedaba todavía me iba a gustar más.

Mi profesor de arte, desde principio de curso, me está diciendo que la asignatura se disfruta una vez acabas el curso y empiezas a viajar, cuando vas a conocer esos monumentos y te das cuenta de que todo lo que has estudiado cobras sentido.

Me enamoré del arte gótico desde el día que lo estudie así que imagínate todo lo que alucinaba por este barrio.

La luz del sol volvía a colarse entre las nubes del cielo de la ciudad y las calles volvían a brillar como solo las de esta ciudad saben hacer.

Sé que suena un poco extremista, pero cuando viaje a una ciudad, exprimo mis pies al máximo por si esta es la primera y última vez que la visito. Aunque, al igual que me paso con Lisboa, tengo una visita pendiente a la capital de Cataluña para que nos conozcamos mejor.

Después de un largo paseo, unas cuantas charlas y unas risas, llegamos al puerto. Ahora si que si, mis queridos compañeros de viaje empezaban ya a quejarse de sus pies, o como dice mi padre: “Empiezo a notar unos perros comiéndome los gemelos”. Pero quedaban cosas por hacer, entre ellas visitar el parque de Ciutadella y mi querido Montjuic.

Cuando terminamos, hicimos un intento de ir al Pueblo Español, una especie de fortificación que emula un pueblo y en el que hay restaurantes y ambiente en su interior, pero, justo ese fin de semana, se celebraba la Oktober fest, si, la Oktober fest en Abril, solo puedo reírme.

Si alguna cosa he aprendido de mi madre es que las cosas pasan porqué tienen que pasar, y fue en nuestro intento de vuelta al apartamento cuando nos topamos con el espectáculo de las fuentes de Montjuic que se inauguraba justo ese sábado. Tras terminar, volvimos hacia nuestro barrio para disfrutar de la última noche por la ciudad.

¿Te confieso una cosa? En realidad, todo lo que hicimos durante ese día lo teníamos programado para toda la mini escapada, pero ya saben que yo pongo el turbo cuando viajo e intento visitar cuanto más sea posible.

A la mañana siguiente, el despertador volvió a sonar, empezaba el último día por mi querida Barcelona.

La noche anterior, antes de dormir, habíamos estado buscando planes para hacer durante esa mañana, y finalmente decidimos decantarnos por subir al funicular y tener a la ciudad bajo nuestros pies. La idea era subir hasta arriba con él y bajar andando, así que así lo hicimos.

Para comer, habíamos reservado mesa en una taberna típica catalana para degustar la comida típica de la zona: sus tostadas, sus carnes, sus tapas…

La cosa parecía que se acababa, y después de estas casi 72 horas por tus calles, mi querida Barcelona, te digo que voy a volver algún día de mi vida para conocerte más a fondo, pero te digo, que me has dejado con un estupendo sabor de boca.

Feliz día

Vicent Bañuls

Lee el 1º día por Bacelona aquí

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