Y si, eso que parecía que nunca iba a llegar llegó. El viaje de nuestras vidas llegaba a su fin después de 12 increíbles días.

Recuerdo ese despertar como uno de los más agridulces que he vivido en mi vida. Unas ganas inmensas de salir de la cama y pisar la calle, pero un sentimiento de tristeza por ser la última vez que volvería a pisar su calles.

Empezamos el día desayunando como una cerdos en nuestro querido Dunkin Donuts y después pusimos rumbo a una misa Gospel en Harlem. No han quedado miles de cosas por ver, pero esta, sin duda alguna, era una de las que teníamos que hacer antes de volver a España.

Todos hemos escuchado hablar o hemos visto en películas que es una misa gospel. Si te lo estabas preguntado, es así. Señoras vestidas impecables cogidas del brazo de señores con trajes negros impolutos y una alegría increíble a la hora de hacer la celebración. Palmas, risas, bailes, e incluso lágrimas de emoción.

Después salimos corriendo hacia el Upper East Side de la ciudad. No habíamos ido ni a ver el MoMa ni el Guggenheim pero quería llevar a las chicas al menos para que visen la fachada y se quedasen con un buen sabor de boca de la zona.

Hacía un viento horrible ese día y bastante frío, de hecho algunos coches entraban a la isla con el tejado nevado. Pero baby, we’re in New York.

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Bajamos por delante del Met y llegamos hasta la famosa escultura de Love para tomarnos la que sería oficialmente, la última foto en Manhattan.

Cogimos las maletas y pusimos rumbo a nuestro aeropuerto después de dar unos cuantos tumbos para encontrar el tren que nos llevaría a Newark. Pero la cosa no acabó aquí. No habíamos salido con el tiempo justo, la verdad, tan solo teníamos el tiempo necesario para llegar al aeropuerto y un poco de sobra. Pero el tren se paró en medio de la vía por un problema.

Mi pierna empezó a temblar, gotas de sudor fría bajaban por mi espalda. La vuelta a España se nos resentía. Hacía años que no lo pasaba tan mal.

Afortunadamente el tren salió 20 minutos después y llegamos al aeropuerto con tiempo de sobra. Vuelo de 6 horas hasta Lisboa y después otro hasta Valencia. Ahora si que si la aventura se había terminado.

Dicen que el viaje no lo hacen los destinos, sino las personas, y ¿saben? Después de estos 12 días, vuelvo a corroborar esta frase. Simplemente gracias, chicas. Por todos y cada uno de nuestros momentos, nuestras risas, nuestras charlas por las calles de la ciudad, nuestras horas de coche, y nuestros “aspersores”.

¡Es momento de empezar a pensar en la próxima parada!

Feliz día

Vicent Bañuls

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