Y más bien está escapada a Madrid surgió de la manera más imprevista posible. Fue hace exactamente 2 años, bueno, 1 año y 11 meses.

En verano del año 2014 me metí de lleno en el mercado laboral y, después de marear un poco a mi hermana, conseguí convencerla para que les regalásemos una escapada a nuestros padres a Madrid y, con la excusa, ir a ver el musical del Rey León. Dos meses después, y nada más acabar de comer, cogimos el coche y pusimos rumbo a la capital.

Siempre he sentido que Madrid y yo íbamos a tener una buena conexión. De hecho, mírame ahora, en apenas 4 semanas me mudo definitivamente allí.

Llegamos un viernes por la tarde en hora punta y en busca de nuestro hotel que se encontraba en una paralela de Gran Vía ¡Bievenidos al caos!

Dejamos las maletas y corriendo nos fuimos a cenar, esa noche teníamos cita con el Rey León y su increíble musical.

Creo que el arte es una herramienta que permite despertar infinidad de sentimientos en el interior de las personas y, una vez más, mi querido mundo del teatro, hizo que la pie se me pusiese de gallina y inundó mi lagrimal.

Nos despertamos el sábado con una energía tremenda. Había querido estar muchas veces en Madrid y ahora estaba durmiendo en uno de sus hoteles y, además, al lado de Gran Vía.

Desayunamos en Le pain Quotidien que se encuentra enfrente del Teatro Kapital, y nada más terminar nos fuimos a la Plaza de Oriente para entrar a Palacio.

Mis padres me habían contado que el Palacio Real era muy bonito, escondía algo que lo hacía de los más peculiar y entre sus pasillos y escaleras se escondían historias de lo más curiosas. La verdad es que no se equivocaban, su paredes, sus alfombras, sus lamparas, sus patios eran dignos de encontrarse dentro de uno de los palacios situados en los rankings de los palacios más bonitos del mundo.

No te voy a negar que me llevase un chasco, y uno de los gordos. Es un palacio muy grande, pero al publico está abierto tan solo un 30% de su extensión, cosa que no entendía ni entiendo actualmente.

Después de todo eso fuimos a, la que es para mi, la plaza más bonita de Europa, por detrás de la Plaza España de Sevilla. Los edificios que dan forma a esta plaza desprenden siglos de historia y te hacen transporte a todo ese movimiento de aburguesamiento de las ciudades de unos siglos atrás. Pero esta plaza es tan singular, ya no tan solo por sus edificios, sino por toda la vida que se encuentra en ese rectángulo arquitectónico.

Nada más terminar, decidimos que era un buen momento para embaucarnos con la belleza de la Puerta del Sol y de su famoso kilómetro 0.

La hora de comer se aceraba y optamos por parar en un restaurante del centro para degustar una de las delicias de la capital, el cocido madrileño.

Estómago lleno y baterías cargadas, empezábamos la tarde. No habían hablado del teleférico de Madrid y de las vistas que se podían conseguir montados encima de uno de ellos. Estábamos un poco lejos del punto de partida, pero, ya sabes lo que dicen, una ciudad tan solo se conoce andando.

Nunca había subido a un teleférico, me parecía peculiar, bueno,más bien me recordaba al mundo de las películas. Nuestros pies estaban débiles, así que el paseo que nos dio este cachibache fue fenomenal.

Las vistas que se consiguen desde allí arriba son increíbles, sientes, literalmente Madrid bajo tus pies. Además puedes aprovechar y conseguir una muy buenas fotos panorámicas de lo que viene siendo el centro de la capital española.

Después de todo esto, volvimos a recorrer Gran Vía, haciendo una parada en el Atresmedia Café que ya ha cerrado sus puertas y llegamos hasta el ayuntamiento de Madrid para disfrutar de una de las imágenes más bonitas de todo el viaje, una boda en plena avenida. La imagen hablaba por si sola.

Para cenar optamos por un bar de tapas que se encuentra justo al lado de la calle preciados, donde degustamos algunas delicias que tienen por estas tierras.

Mañana más y mejor.

Feliz día

Vicent Bañuls

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