Desde hace un tiempo, cuando viajo, ya no lo hago solo. Lo hacemos mi maleta, la cámara, yo y el postureo. Si, y creo que no lo hago yo solo, lo hacemos todos los humanos del mundo actual, y quien diga lo contrario, miente.

Si Gdansk me había enamorado, Sopot lo iba a hacer todavía más. Desayunamos unas cuantas guarradas, porqué, claro, cuando estás de viaje las calorías cuentan menos, ya sabes. Menos mal que a la vuelta me ponía a entrenar y todas esas grasas saturas y kilocalorías de más se iban a ir de mi cuerpo.

Pusimos rumbo a Sopot y, hoy si, hacía un frío que te morías.

Ya habíamos estado aquí la noche anterior, pero de día las cosas lucen más. Para que os hagáis una idea. Sopot es un pueblo pequeño, aunque tiene sobre 40.000 habitantes, pero su centro turístico se basa en una calle comercial peatonal y una playa kilométrica con una pier de madera digno de una película que pasa en Malibú, California.

La ciudad estaba un poco vacía, supongo que sería por el frío y esas cosas, pero entre sus calles y callejones se respiraba paz, tranquilidad, descanso, relax.

La oficina de turismo se encontraba en el medio de la calle principal, a mitad camino entre donde llegamos nosotros y el pier, y lo más curioso de todo esto es que se encuentra en un segundo piso al cual tan solo se puede acceder por ascensor, cosa buena cuando en el exterior hace un frío que te quita las ganas de vivir.

Subimos arriba con único fin de conseguir unas vistas bonitas. Entramos a la oficina, saludamos con un cordial hi!, y miramos las vistas. Después, para intentar disimular un poco, rebuscamos por los montones de trípticos y panfletos que habían por ahí un mapa de la ciudad. Salir, salimos con un tríptico, pero dios sabe de que era eso. Era momento de volver a nuestro querido ascensor. Planta 0º, planta 3º, y volvimos a bajar. Para salir ahí fuera te lo tenías que pensar muy bien.

Llegamos al pier. Y solo puedo decir una cosa, juzguen ustedes mismos.

Después de pasar un frío en el que nos sentíamos como esquimales, volvimos al centro en busca de un restaurante. Habían varias opciones, pero dejamos al azar la elección. La verdad es que tuvimos muchísima suerte y comimos genial. Yo me comí un entrecot gordísimos y super jugoso con verduras a la plancha y una patata hervida por solo 12 euros, cuando en España te pueden cobrar un mínimo de 18 euros, y da gracias.

Después de comer llegó lo mejor, la sobremesa pero esta vez queríamos ir a una chocolatería que le habíamos echado el ojo cuando estábamos paseando por las calles de Sopot. INCREÍBLE, INCREÍBLE, INCREÍBLE, es lo único que puedo decir después de probar todas esas delicias.

La noche empezaba a caer, así que era el momento de volver a Gdasnk y disfrutar de nuestra última noche por la ciudad, aunque al día siguiente teníamos que poner rumbo al aeropuerto a las 5:00 de la mañana.

Un placer Polonia,

Vicent Bañuls

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