El post de hoy es un post peculiar, más bien, creo que necesario. Necesario para para aquellos que llegan nuevos, necesario para poder seguir adelante y conocernos un poco más.

Si algo he aprendido en todos estos años, es que detrás de cada uno de los blogs hay una persona, alguien que siempre va a tener sus más y sus menos, sus miedos y sus emociones, sus metas y sus sueños. No es un medio en el que un servidor escribe 1000 palabras para ser leídas por alguien indiferente en cualquier parte del mundo, al fin y al cabo, creamos un pequeño vinculo entre tu y yo, aunque nos separe una pantalla de ordenador, móvil o tablet.

Empecé a escribir este post en la estación de Atocha en Madrid. Sí, me gusta escribir en sitios públicos, en lugares en los que veo a la gente andar, otros tomar un café, un grupo riéndose, otro analizando el por qué de su existencia, etc, etc, etc. Siento que me transmiten un buenrollismo excelente que me permite subirme a la nubes para poder escribir y me dan esa inspiración que me permite volar.

Sentía, una vez más, el corazón en un puño. Tras 1 mes sin pisar mi tierra, cogía el tren para pasar menos de 48 horas en aquello a lo que durante 18 años había denominado “casa”, concepto que en los últimos meses había cambiado en cierto modo. Te lo confesaré, me pasé la última hora del viaje de ida a mi ciudad llorando a moco tendido, sin explicación alguna. Supongo que son secuelas del factor distancia.

Al llegar a la estación de Atocha para coger el tren, llamé a los dos amores de mi vida: el pequeño de la familia volvía a casa por unos días.

 

He cambiado, creo que ya es momento de aceptarlo. He aprendido a creer en mi persona, a vivir conmigo, a sortear las subidas y bajadas de la montaña rusa a la cual me encanta denominar “vida”. He aprendido a formar una nueva vida lejos de casa y, no te lo voy a negar, cuesta, cuesta mucho.

Cuesta por el simple hecho de que, aunque me crea el mayor de los mayores, tan solo tengo 18 años. Tengo 18 años para tener esa energía de querer comerse el mundo con patatas, de soñar, luchar y vivir, pero tengo también tengo 18 años para librar las batallas del día a día lejos del respaldo de papá y mamá, que por supuesto están, pero su puerta de la mía dista más de 400 km.

Sin duda alguna, creo que mudarme a Madrid es el mejor cambio en mi vida que he podido experimentar hasta el día de hoy. Es una ciudad grande, a veces, en exceso, una pequeña jungla de cristal en la que viven millones y millones de personas con las que puede que nunca te cruces con ellas por las calles de Lavapies, Malasaña o Moncloa.

Las ciudades son frías, por mucho que se encuentren en sur del antiguo continente. La gente corre de un sitio para otro, hacen colas en el transporte público, trabajan con horarios infernales y quieren huir de ella cuanto antes posible.

Yo he tenido la gran suerte de hacer de Madrid una ciudad cálida, una ciudad que me llena, me hace reír, sonreír y, sobre todo, vivir. Es mi casa, mi nueva casa.

Ahora, siéntate, preparate un buen café y paséate por todos los destinos que he pisado. Esta vez he vuelto para quedarme mucho tiempo.

Cálzate un buen par de zapatos, de los demás me encargo yo.

Vicent Bañuls

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *